Por Giovanna Flores Medina y Cyntia Páez Otey *
Este 11 de febrero del 2013, la
renuncia de Benedicto XVI a la autoridad de Sumo Pontífice, más que un acto
solemne de fe, es —bajo una perspectiva política— una jugada digna del mejor
émulo de Maquiavelo y a la altura de la historia del poder en el Vaticano y
Roma. Si durante su pontificado luchó dificultosamente por limpiar la imagen de
su Santa Iglesia, ahora ha dado un golpe de timón, tan certero que ha dejado perplejos
a sus enemigos y conmocionados a quienes lo criticaban de previsible e inmóvil.
Así, más allá de desprenderse del ejercicio vitalicio de su dignidad, ha
cerrado varios flancos de ataque tanto a la Iglesia católica como también a su
gestión y aplicación de la justicia, abriendo el debate sobre una nueva etapa
del derecho canónico político, la vinculación con las finanzas y las relaciones
internacionales.
La jugada de la
“responsabilidad de gobierno”
En efecto, tras 600 años sin un
hecho de estas características, y con menos de un siglo de existencia de la
Ciudad-Estado Vaticano, el cardenal Ratzinger ha situado a esta teocracia, —la
única católica y en cuna europea—, en el centro de la modernidad. Aunque la
dimisión o renuncia no están reconocidas expresamente por la Ley Fundamental
Vaticana (dictada por Juan Pablo II y vigente desde el 2001), sí está enmarcada
en el Código de Derecho Canónico (máxima jerarquía normativa) promulgado en
1983 que dispone: “Si el romano Pontífice renunciase a su oficio, se requiere
para la validez que la renuncia sea libre y se manifieste formalmente, pero no
que sea aceptada por nadie” (capítulo primero, canon 323, apartado dos).
Entonces, su audacia está en
imponer la renuncia soberana como un mecanismo de movilidad propio de las
democracias actuales, teniendo por argumento la “responsabilidad política” del
jefe de un Estado. Luego, la sucesión papal devela no sólo la urgencia de un
debate legal y doctrinario respecto a la extensión de la responsabilidad de
gobierno, sino algo más fundamental: la falta de una legislación que permita
mayor transparencia administrativa y que erradique aquellas historias de
corrupción y asociaciones ilícitas que conspiran contra cualquier gobierno.
Sobre todo en este conspicuo Estado terrenal.
En su declaración, el pontífice
argumenta tal responsabilidad diciendo que: “Por avanzada edad, ya no tengo
fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino (…) En el mundo de
hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran
relieve para la vida de la fe, para gobernar la barca de San Pedro y anunciar
el Evangelio, es necesario también el vigor tanto de cuerpo como del espíritu
(…) que en los últimos meses ha disminuido en mí en tal forma que he de
reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue
encomendado”. Además anuncia que dejará el cargo (se autoinhabilita) el 28 de
febrero próximo y solicita que las autoridades competentes convoquen al
concilio que designará a su sucesor. Todo esto ante sus pares en un consistorio
privado, en el cual ninguno de sus asistentes tenía antecedentes de la decisión
y menos han querido dar mayores declaraciones. Asimismo, ya ha desestimado, a
través del portavoz del Vaticano, su participación directa en la elección, guardando
aún el secreto del cardenal in pectore que podría representarlo.
El pontificado
que deja y “Vatileaks”
Si miramos la gestión de Benedicto
XVI, encontramos que sus casi 8 años de ejercicio han estado de tal manera
sobreexpuestos ante la prensa internacional, que sus esfuerzos por lograr la
modernización del Estado Vaticano han terminado olvidados. Mucho se desconoce
sobre la nueva normativa financiera que rige los actos de gobierno y de la
banca de la Santa Sede, lo que incluye restricciones expresas para personas
relacionadas y sanciona el uso ilegítimo de información privilegiada. Esto, a
fin de evitar episodios como los de la quiebra del Banco Ambrosia o la
implicación en el escándalo de Mani Pulite que le costó la dimisión a
Giulio Andreotti, e incluso su relación con testaferros de Silvio Berlusconi.
De cada uno de ellos, da cuenta una entretenida filmografía representada por El
Padrino III, Il Divo o Videocracy.
Con persistencia hemos conocido
todo tipo de procesos judiciales, tramas e intrigas de la más variada índole.
Un día eran los casos de abuso sexual cometidos por altos miembros de la
Iglesia, cuyas víctimas deseaban llevar hasta la Corte Penal Internacional al
mismo papa; las redes de protección a violadores de derechos humanos y
regímenes dictatoriales; o los problemas doctrinales con algunas congregaciones
y sus patrimonios de lujo frente a un mundo con crecientes cifras de
indigencia. Otro día, se conocía de la profunda crisis de presupuesto o éramos
testigos del enfrentamiento mediático con los defensores de los derechos de los
homosexuales y el derecho al aborto. Sin descontar, por cierto, supuestos
complots de homicidios de testigos claves, la filtración de documentos por
parte del mayordomo Paolo Gabriele —acusando de incompetente al Papa
Benedicto—, y “los Vatileaks”, versión especialísima de alta diplomacia
canónica que publicaba y traficaba documentación papal.
Consolidar el
mundo católico
Benedicto XVI no fue un Papa
viajero e ícono de la paz como su antecesor. Atento a la diplomacia más clásica
visitó, usando el protocolo que le evoca a muchos las crónicas romanas de Julio
César el primer Sumo Pontífice. Criticado a veces por su vestimenta y símbolos,
llegó a lugares donde el catolicismo se está consolidando aún bajo una historia
sangrienta de dominación como Nigeria. Ha sido de esta forma que realizó un
total de 24 viajes oficiales, destacando siempre un discurso por los derechos
humanos. En Brasil, su primera visita a América de Sur para inaugurar la V
Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, en el santuario de
Aparecida (2005), hace famosa la doctrina del derecho humano a un sueldo digno
y la crítica a los abusos de la concentración de la riqueza. En Camerún,
Angola, Jordania, Israel y Palestina, pide la alianza de civilizaciones entre
cristiano y musulmanes, y el cese de las hostilidades del gobierno israelí (2009).
En Malta y Chipre, llama a la reparación histórica de las víctimas de los
golpes de Estado y aboga por el derecho humano a la memoria (2010). En Croacia
y Benin, exige justicia para las víctimas de la represión genocida (2011).
Incluso en Cuba y El Líbano, afirma apoyar la legitimidad de la lucha por la
democracia y la dignidad de la Primavera Árabe (2012).
La elección del
sucesor: un cardenal, un voto
El Vaticano ya ha comunicado que
el concilio para designar al sucesor se celebrará en el mes de marzo y por eso
muchos hablan de un santo padre para la Pascua de Resurrección. El punto es que
no existen precedentes en la historia moderna y previa al Estado vaticano de la
designación de un papa en estas condiciones. Las “renuncias” de algunos
pontífices —como la última de Gregorio XII en 1415 que renunció en medio del
cisma de oriente— se dieron antes de existir la noción de Estado y
gobierno, por tanto se circunscribían a la visión de “heredero” y “trono”. Hoy,
la dignidad de Sumo Pontífice es abiertamente política. Por ello, este jefe de
Estado tan particular que conserva en sus manos el poder ejecutivo, legislativo
y judicial, tendrá el desafío de adherir o no la tesis de la separación de los
poderes, o al menos de la transparencia de sus actos por medio de comisiones
más accesibles, que difundan sus resoluciones, pagos, funcionamientos y
relaciones empresariales y familiares.
Este próximo concilio, tendrá a la
elite de la Iglesia católica, representada en sus cardenales “electores” como
únicos ciudadanos habilitados para votar. Lo interesante de la jugada de
Ratzinger es que por la vía de los hechos, transformó ese mecanismo antiguo y
predemocrático, en una asamblea donde se elegirá al papa mediante “un cardenal,
un voto”. Lo relevante es que por primera vez el papa estará en sus plenas
facultades para observar el desenlace y apoyar a su sucesor. Benedicto XVI
terminó por cumplir el sueño de un Estado Moderno digno de la real politik inaugurada por Maquiavelo, y más cercano al aprendiz Lorenzo de Médici que a
los Borgia.
*Cyntia Páez es periodista, Magíster en Periodismo Político y especialista
en América Latina y relaciones internacionales. Giovanna Flores es consultora
en temas de derecho humanitario y seguridad alimentaria. Integrantes de la
Asociación Chilena de Especialistas Internacionales (AChEI).

3 comentarios:
El análisis es bueno, pero la fecha de la noticia fue el 11/feb y no el 11/ene
Corregido. Gracias!
Pura sustancia, no sólo he quedado informado, sino que además me han entregado elementos desconocidos de la Curia.
gracias
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