por Cyntia Páez Otey
Si hace una
década pertenecer a la Unión Europea era un honor que sólo los grandes poseían,
hoy los países le huyen como a la lepra. ¿Cómo desligarse del Euro antes que
esta bola de nieve aplaste a los otros miembros? No es viable ser indiferente
ante la destrucción humana que esta filosofía unificadora ha dejado a su paso.
La canciller alemana, Ángela Merkel, se esfuerza más allá de lo conveniente en
mantener con vida el proyecto, pero ¿estarán los ciudadanos europeos dispuestos
a correr la misma suerte de los jubilados griegos, los desempleados españoles,
los huelguistas franceses y los ahorristas chipriotas?
El dilema neoliberal
La
integración económica internacional, entendida como la unión de mercados para
originar un área común de negocios beneficia la competitividad, la cooperación
y debería ayudar – teóricamente – a solucionar las diferencias entre países que la componen o, por
lo menos, ayudar a distribuir de mejor forma los ingresos del capitalismo entre
países que, sacrificando sus fronteras, están dispuestos a compartir recursos y
dividir las ganancias.
El efecto
dominó generado tras la crisis subprime
de Estados Unidos y la caída griega de 2007, inició un proceso difícil que ha
afectado a las naciones más vulnerables de la zona euro. Una crisis que pone a
prueba la templanza europea y, sobretodo, al sistema capitalista neoliberal del
siglo XXI.
En tiempos
de crisis, los países ricos deberán estar dispuestos a amparar a los más pobres,
si desean continuar ligados a este proyecto único en el mundo. El dilema del
neocapitalismo y la especulación bancaria ha precipitado a la economía mundial
a un abismo que Europa se empecina en enfrentar de la peor manera.
A priori,
podríamos pensar que la actitud de la alemana Ángela Merkel – la mujer de hierro de la Unión Europea – es fría e indolente frente a
los contribuyentes que hoy tienen sobre sus hombros todo el peso de la crisis.
Sin embargo, no deja de tener razón al afirmar que “la gente responsable de la crisis contribuirá, no
sólo los contribuyentes de otros países y eso en mi opinión es lo correcto”.
El capitalismo no está funcionando
El costo
de la crisis ha sido altísimo en bienestar social. Si en un principio el
movimiento de los indignados planteó la disconformidad con la realidad política
y económica en Europa, la idea de marginarse del sistema no ha desembocado en
propuestas concretas que presenten una alternativa real al modelo establecido.
Quienes protestan alzan la voz, se movilizan y logran imponer una agenda en pos
de sus demandas, pero está muy lejos de ser una solución a largo plazo,
mientras quienes son elegidos para representar a la ciudadanía no sintonicen
con estos petitorios.
Europa
está estable. Estancada en su crisis. Al borde del abismo. Mirando hacia el
vacío. Son demasiados los problemas que enferman al Viejo Continente:
desempleo, excesivo endeudamiento, falta de confianza en el sistema financiero,
crisis de confianza en los gobiernos y sus representantes, volatilidad
bursátil, países periféricos que caen en un loop de
endeudamiento/rescate interminable y que, a la larga, sólo es una salida
paliativa mientras Europa junta fuerzas y piensa estratégicamente en un futuro
juntos, pero no revueltos.
Lamentablemente,
la duda frente a la verdadera capacidad de los países periféricos rescatados
para responder a los pagos es aún una carga demasiado pesada tanto para el
Fondo Europeo de Estabilidad Financiera (ESFS) -creado en 2010 y que trabaja
con la Troika (Fondo Monetario Internacional, Banco Europeo y Comisión
Europea)- que lidia con Grecia, Irlanda y Portugal, como para el Mecanismo de
Estabilidad Europeo (ESM) de 2012 y creado como entidad de apoyo permanente,
que se encarga del tema español.
Tanto la
crisis europea como la norteamericana, han demostrado un cambio del eje de
poder político, económico y – por qué no – geopolítico hacia países como China
o la India gracias a sus extraordinarias tasas de crecimiento, inversión in
crescendo tanto hacia el interior como hacia el exterior redundando en una
notoria alza en su influencia internacional; todo esto más allá de las críticas
sobre sus lamentables cifras de desigualdad, explotación laboral, pobreza y
derechos humanos ligados a la libertad individual, entre otros factores.
Solución: Más participación ciudadana
El enfoque
clásico de Tocqueville, Rousseau o de John Stuart Mill, no parece aplicable a
la masa votante actual en que el voto es poder y el poder – como todo – tiene
su precio. Las ideas economicistas y la participación política se suponen
inalienables. Los electores debutantes (jóvenes o adultos), difícilmente votan
impulsados por el bienestar social o el futuro del país; sino que lo hacen
siguiendo apetitos individuales que deben ser cubiertos por el candidato: la
ganancia efectiva de los intereses particulares frente a un interés general es
seductor para quien no entiende que la vida humana se desarrolla en un entorno
social y su futuro depende de la eficiencia de la administración del Estado.
La idea de
“qué gano yo con ésta acción” ha perjudicado a tal nivel la actividad política
que nuestras autoridades ya no cuentan con el respeto de los gobernados ni
generan los consensos necesarios para avanzar en temas urgentes a resolver en
favor de la convivencia pacífica de una sociedad que persigue el bien común.
Lo
esencial es reencantar a los ciudadanos con propuestas tangentes que les
beneficien, sin caer en populismos y totalitarismos, de esos que arrecian luego
de una crisis de envergadura como la que vive el mundo occidental. Recordemos
que fue precisamente tras la caída de la bolsa de 1929 – Jueves Negro y Crack
de Wall Street – que generó pánico mundial y una depresión económica de
proporciones que llevó al suelo economías como la norteamericana, francesa, la
alemana y, por supuesto, una de las más golpeadas fue la economía chilena que
vio afectados sus ingresos fiscales y actividades productivas. Pero en Europa,
fue la chispa que encendió el resentimiento que llevó a los partidos
nacionalistas al poder.
El poder que
tienen los ciudadanos frente a las decisiones tendientes a mejorar el porvenir
es demasiado importante como para que abandonen la responsabilidad cívica de
participar en la actividad política. Tanto en Europa como en América Latina,
los movimientos reaccionarios han visto terreno fértil para incentivar
erróneamente el abandono de dicha vía como respuesta a los problemas; sin
embargo, renegar de ellos, no es solucionar. Los problemas deben ser
enfrentados.
La
fortaleza social es el único mecanismo viable de cohesión cuando la
representación política no es la adecuada. Los ciudadanos europeos deben
enfrentar las consecuencias de su no-actuar-a-tiempo y enfrentar que han
dejado a la UE en manos de burócratas irresponsables por delito de omisión y de
apatía.

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