31 de marzo de 2013

Del factor Piñera y del nacionalismo (vs. Integración) en el conflicto Bolivia-Chile


por Juan Eduardo Romero

La exacerbación del sentimiento nacionalista es un viejo y arraigado recurso del poder presidencialista en América Latina, pero un claro obstáculo para el avance de los procesos de integración en la región, especialmente en su dimensión cultural.  

Es muy probable que el presidente Morales al aglutinar apoyo transversal a esta demanda en su Estado plurinacional, esté cumpliendo más de un objetivo político al acercarse tiempos electorales. Así también, la respuesta soberanista de Chile, le ha servido al Presidente Piñera para mejorar su dilatada baja popularidad entre los chilenos.  

El nacionalismo se usa, entonces, como un eficaz recurso comunicacional, a pesar que son los propios mandatarios latinoamericanos los que han logrado entender, antes y mejor que sus propios pueblos, las ventajas, reales o potenciales,  que conllevan los procesos de integración (en desarrollo social, económico y cultural al que aspiran sus naciones).  Pero aquello es un fast track para concitar apoyo popular, desde y hacia identidades formadas en claves nacionales, antes que integracionistas o regionalistas,  tras los distintos procesos de independencia del siglo XIX.

Al iniciarse la vía jurídica internacional, se abandona, temporalmente, al menos, la vía del dialogo intergubernamental. Así lo ha afirmado Morales al decir que no está dispuesto a seguir dialogando con su par chileno, en quién ha perdido la confianza. Aunque luego aclara que si le resulta posible retomar el diálogo con un nuevo futuro presidente o presidenta de Chile. Ello develaría que sí existe, en la versión de Morales, el factor de personificación del conflicto en Piñera.

Cabe preguntarse, si efectivamente podemos encontrar en el curso del manejo del líder chileno, elementos que lleven a Morales a este juicio. Esta observación puede realizarse en la perspectiva de la relación bilateral que se inició tras la firma de una agenda de trece puntos en 2006, suscrita entre Morales y Bachelet, hasta su suspensión en 2011,  y desde allí hasta la creciente conflictividad actual.  

En una mirada general, se puede observar que tras el arribo del gobierno de derecha a Chile en 2010, las primeras respuestas a la demanda de Bolivia, tuvieron apariencia de rectitud diplomática, pero ocultaban un fondo dilatorio. En efecto, Piñera nunca formuló una propuesta concreta que permitiese la mantención de un diálogo fructífero sobre el asunto, y al comenzar a ser requerido en foros internacionales, se amparó bajo la consigna de “no existen asuntos pendientes entre Chile y Bolivia”, en virtud del tratado de 1904.  Pero del “rodeo” a Evo, propio de un hombre de negocios, y la indiferencia dilatadora, nos pasamos a la prepotencia y amenaza velada, en la voz de su ex ministro de Defensa, Andrés Allamand (actual precandidato presidencial del oficialismo), quien a fines de 2011, con el seño fruncido le envía un duro mensaje a Bolivia, sobre la disponibilidad del potente ejército chileno para el caso que Bolivia osare desconocer sus tratados, lo que le agregó a la política exterior de Chile un contenido de agresividad insospechado, innecesario, inconducente y antijurídico, en especial tras la conformación de Unasur y Celac. 

Después de aquello y hasta hoy, se constata un cerramiento sistemático por parte del actual Presidente de Chile, amparado en el concepto de soberanía y derecho de los tratados, lo que fue provocando que Morales debiese acrecentar su ofensiva por otros medios externos al diálogo, aunque siempre pacíficos.

Si bien la progresiva exacerbación discursiva revisionista de Morales, quién incluso se ha abierto a un posible acuerdo de “gas por mar”  funcional al beneficio directo de ambos pueblos, le ha reportado apoyos externos, pero también ha mermado potenciales apoyos dentro de Chile, único actor internacional capaz de generar una vía política de solución a la demanda boliviana.    

Con todo, el Presidente Piñera parece haber preferido la mantención del statu quo que le brinda su posición jurídica dominante,  con una estrategia dilatoria que devela una astucia que por momentos hizo creer al líder indigenista que podría resultar algo diferente, pero que acabó decepcionado, tal como le sucediera a miles de chilenos después de otorgarle la Presidencia.

Así,  Piñera ha trasladado este complejo asunto internacional hacia el siguiente gobierno, lo que le ha asegurado popularidad inmediata tras la “supuesta” defensa de intereses nacionales, cuando es precisamente el interés nacional el que se posterga al negarse siquiera a explorar soluciones que, bien analizadas en claves económicas, sociales, políticas y culturales, podrían convenir al desarrollo de ambos pueblos y al fortalecimiento de la integración latinoamericana.   

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