por Juan Eduardo Romero
La exacerbación del sentimiento nacionalista es
un viejo y arraigado recurso del poder presidencialista en América Latina, pero
un claro obstáculo para el avance de los procesos de integración en la región,
especialmente en su dimensión cultural.
Es muy
probable que el presidente Morales al aglutinar apoyo transversal a esta
demanda en su Estado plurinacional, esté cumpliendo
más de un objetivo político al acercarse tiempos electorales. Así también, la
respuesta soberanista de Chile, le ha servido al Presidente Piñera para mejorar
su dilatada baja popularidad entre los chilenos.
El
nacionalismo se usa, entonces, como un eficaz recurso comunicacional, a pesar que
son los propios mandatarios latinoamericanos los que han logrado entender, antes
y mejor que sus propios pueblos, las ventajas, reales o potenciales, que conllevan los procesos de integración
(en desarrollo social, económico y cultural al que aspiran sus naciones). Pero aquello es un fast track para
concitar apoyo popular, desde y hacia identidades formadas en claves nacionales,
antes que integracionistas o regionalistas, tras los distintos procesos de independencia del siglo XIX.
Al iniciarse la vía jurídica internacional, se abandona,
temporalmente, al menos, la vía del dialogo intergubernamental.
Así lo ha afirmado Morales al decir que no está dispuesto a seguir dialogando con
su par chileno, en quién ha perdido la confianza. Aunque luego aclara que si le
resulta posible retomar el diálogo con un nuevo futuro presidente o presidenta
de Chile. Ello develaría que sí existe,
en la versión de Morales, el factor de personificación del conflicto en Piñera.
Cabe
preguntarse, si efectivamente podemos encontrar en el curso del manejo del
líder chileno, elementos que lleven a Morales a este juicio. Esta observación
puede realizarse en la perspectiva de la relación
bilateral que se inició tras la firma de una agenda de trece puntos en 2006,
suscrita entre Morales y Bachelet, hasta su suspensión en 2011, y desde allí hasta la creciente
conflictividad actual.
En una
mirada general, se puede observar que tras el arribo del gobierno de derecha a
Chile en 2010, las primeras respuestas a la demanda de Bolivia, tuvieron
apariencia de rectitud diplomática, pero
ocultaban un fondo dilatorio. En efecto, Piñera nunca formuló una propuesta
concreta que permitiese la mantención de un diálogo fructífero sobre el asunto,
y al comenzar a ser requerido en foros internacionales, se amparó bajo la
consigna de “no existen asuntos pendientes entre Chile y Bolivia”, en virtud
del tratado de 1904. Pero del
“rodeo” a Evo, propio de un hombre de negocios, y la indiferencia dilatadora,
nos pasamos a la prepotencia y amenaza velada, en la voz de su ex ministro de
Defensa, Andrés Allamand (actual precandidato presidencial del oficialismo),
quien a fines de 2011, con el seño fruncido le envía un duro mensaje a Bolivia,
sobre la disponibilidad del potente ejército chileno para el caso que Bolivia osare
desconocer sus tratados, lo que le agregó
a la política exterior de Chile un contenido de agresividad insospechado, innecesario,
inconducente y antijurídico, en especial tras la conformación de Unasur y Celac.
Después
de aquello y hasta hoy, se constata un cerramiento sistemático por parte del
actual Presidente de Chile, amparado en el concepto de soberanía y derecho de
los tratados, lo que fue provocando que Morales
debiese acrecentar su ofensiva por otros medios externos al diálogo, aunque siempre
pacíficos.
Si bien
la progresiva exacerbación discursiva revisionista de Morales, quién incluso se
ha abierto a un posible acuerdo de “gas por mar” funcional al beneficio directo de ambos pueblos, le ha
reportado apoyos externos, pero también ha
mermado potenciales apoyos dentro de Chile, único actor internacional capaz de
generar una vía política de solución a la demanda boliviana.
Con
todo, el Presidente Piñera parece haber
preferido la mantención del statu quo
que le brinda su posición jurídica dominante, con una estrategia dilatoria que devela una astucia que por
momentos hizo creer al líder indigenista que podría resultar algo diferente,
pero que acabó decepcionado, tal como le sucediera a miles de chilenos después
de otorgarle la Presidencia.
Así, Piñera
ha trasladado este complejo asunto internacional hacia el siguiente gobierno,
lo que le ha asegurado popularidad inmediata tras la “supuesta” defensa de
intereses nacionales, cuando es precisamente el interés nacional el que se
posterga al negarse siquiera a explorar soluciones que, bien analizadas en
claves económicas, sociales, políticas y culturales, podrían convenir al
desarrollo de ambos pueblos y al fortalecimiento de la integración
latinoamericana.

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