por Cyntia Páez Otey
Tensa calma.
En las últimas semanas, los medios de comunicación de Corea del Norte no habían
exhibido nada inusual. Las amenazas de Kim Jong-Il contra Occidente y la
influencia norteamericana en la región se han considerado por más de una década
parte de la política exterior coreana. Sin embargo, el mundo esperaba que su
sucesor, el nuevo líder, Kim Jong-Un, marcara una diferencia con su padre en
pos del diálogo y abriera un camino para lograr realmente la paz con su vecino
del Sur. Sin embargo, hoy las palabras ataque
nuclear preventivo demuestran que no existe tal voluntad. Los misiles listos para el ataque se interpretan como signo inequívoco
de la hostilidad norcoreana.
Tensa calma.
En las últimas semanas, los medios de comunicación de Corea del Norte no habían
exhibido nada inusual. Las amenazas de Kim Jong-Il contra Occidente y la
influencia norteamericana en la región se han considerado por más de una década
parte de la política exterior coreana. Sin embargo, el mundo esperaba que su
sucesor, el nuevo líder, Kim Jong-Un, marcara una diferencia con su padre en
pos del diálogo y abriera un camino para lograr realmente la paz con su vecino
del Sur. Sin embargo, hoy las palabras ataque
nuclear preventivo demuestran que no existe tal voluntad. Los misiles listos para el ataque se interpretan como signo inequívoco
de la hostilidad norcoreana.
Mientras las
fichas de reordenan en el panorama mundial, los hechos plantean la urgente
necesidad de definir claramente el rol que debe tener la Organización de
Naciones Unidas y el Consejo de Seguridad frente a Pyongyang. La inminencia de
un ataque obliga a la comunidad internacional a actuar con rapidez. Pero,
¿actuar bajo sus mismos criterios? ¿Hasta qué punto es sensato creer que Corea
del Norte cumplirá lo que dice? ¿La comunidad internacional debe emprender una
campaña preventiva también?¿Es la guerra una solución a la guerra?
Responsabilidad de la comunidad internacional
El mundo es
dinámico. Cambia y se transforma rápidamente. La sociedad internacional es
eminentemente un escenario de tensiones, conflictos de interés, movimientos de
dinero, intercambio de mercancías y migración de personas. Es por ello que -y
entendiendo esta complejidad inherente del sistema- ha sido necesario regular
procesos que aseguren los equilibrios de poder para mantener la esquiva paz.
Así fue como
el Congreso de Viena mantuvo una paz estable en la Europa post napoleónica
–excepto por los procesos independentistas de Alemania e Italia, el proceso del
imperialismo colonialista y la paz armada de inicios del siglo XX – hasta que
la acumulación de conflictos y las alianzas secretas estallaron en la Gran
Guerra de 1914. Frente a una comunidad internacional traumatizada ante la
destrucción y la muerte, nace la Liga de las Naciones –una entidad netamente
idealista basada en las buenas intenciones – cuyas sanciones siembran el germen
del odio y el resentimiento ante un injusto Tratado de Versalles que
desembocará en un segundo enfrentamiento; peor que el anterior: el mundo
conocerá el nazismo, los crímenes humanitarios y la bomba atómica.
El orden
mundial impuesto por la Organización de Naciones Unidas post segunda Guerra
Mundial –especialmente las Conferencias de Paris de 1945 y 1946– es responsable
directo de gran parte de los conflictos internacionales de los que somos
silentes testigos hoy.
La división
de Corea entre dos fuertes potencias vencedoras como Estados Unidos y la Unión
Soviética, con la asumida carga ideológica que ello significa, no podía
significar otra cosa que una bomba de tiempo dentro de los estrechos límites de
la península.
La Guerra
Fría -con su afán imperialista de conquista, poder y dominación a destajo-
enfrentó finalmente a dos naciones que buscaban fagocitar a la otra por derecho
propio. Hasta que finalmente, en 1950, las tropas norcoreanas de Kim II
Sung (apoyadas por el bloque
comunista de la URSS y China) deciden sobrepasar la delimitación del paralelo
38 generando el primer conflicto abierto contra Estados Unidos y su protegida
Corea del Sur. La ONU reaccionó de inmediato. Luego de tres años de
enfrentamientos y más de 20 países involucrados, se logró mantener la frontera
inicial y establecer un área desmilitarizado custodiado por ambos países. Sin
embargo, jamás se firmó un armisticio oficial. En rigor, el conflicto se ha
mantenido pausado.
Reinicio de las hostilidades
En la década
de 1960 y de la mano del desarrollo nuclear soviético, se construye el primer
reactor de Corea del Norte en Yongbyon y en los setenta, otro. A partir de
entonces, la desconfianza en torno a la capacidad atómica norcoreana ha
molestado especialmente a Estados Unidos.
El Tratado
de No Proliferación Nuclear de 1968 buscaba tres objetivos claros. Por una
parte, limitar los países autorizados a mantener armas nucleares – los cinco
miembros permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas: Francia,
China, Reino Unido, Rusia y Estados Unidos); fines pacíficos de la energía
atómica; y el desarme, para de este modo conservar la paz y seguridad
internacional. Ante la crisis actual, entendemos que la energía atómica es el
avance científico-tecnológico más importante del siglo XX, pero a su vez, en
manos inadecuadas, el más peligroso jamás inventado.
La primera
crisis norcoreana siguió a dos décadas de acusaciones cruzadas de violación de
TNP y derivó finalmente en el Acuerdo de Ginebra de 1995 como compromiso
bilateral de cooperación y apoyo mutuo especialmente en temas energéticos para
el necesario desarrollo del país asiático. Sin embargo, tanto Corea del Norte
con la reanudación del programa nuclear, como Estados Unidos con el
incumplimiento de la construcción de reactores de agua ligera, transgreden el
acuerdo.
Las
hostilidades se han mantenido en una tensa calma que Kim-Yong Il había
explotado como política de Estado y en alineación con países
antinorteamericanos como la Venezuela de Chávez e Irán de Ahmadinejhad, generando
la distancia de Estados Unidos.
En 2003,
Corea del Norte anunció su retiro del Tratado de No Proliferación en respuesta a la intensión expresada por la
Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA), organismo ligado a la ONU, por
examinar sus instalaciones secretas. Se trata del único país del mundo que ha
dejado el acuerdo, ya que India, Pakistán e Israel jamás han pertenecido y lo
rechazan de plano.
Kim Yong-Un: ¿Nueva política norcoreana?
Corea del
Norte es una nación que ha insistido en su adherir al comunismo fundacional según
los lineamientos del Presidente Eterno.
Y, tras 60 años de estalinismo, y una economía basada en la autosuficiencia,
los norcoreanos con su marginación, pobreza y hambruna, llaman la atención del
mundo con amenazas nucleares y así lograr alcanzar su visión de desarrollo vía
apoyo económico internacional.
Tras la
muerte de Kim Yong-Il, su hijo y heredero político, Kim Yong-Un, abría una
posibilidad de cambio en la postura exterior de Corea del Norte, más allá de la
excéntrica figura de su antecesor. Sin embargo, las recientes amenazas de
Pyongyang no hacen más que alejar cualquier intento por solucionar la precaria
situación de sus habitantes.
Lo cierto es
que ante una emergencia internacional, una luz roja en el escenario mundial, el
peligro al enfrentamiento armado es latente y posible si las cosas se ponen
difíciles. La guerra se justifica si se produce en el marco de la legítima
defensa, de la causa justa, del derecho a la intervención, del derecho a la
guerra. Sin embargo, cuando la amenaza es nuclear quizá sea necesario –y
humanamente obligatorio- dar un margen de laxitud y abogar por que los
esfuerzos diplomáticos hagan lo suyo: evitar una catástrofe humanitaria o,
incluso, el exterminio.
La ONU, a
pesar de sus notorias falencias, debe enfrentar esta realidad firmemente con la
voz del mundo y sus ideales de paz, comprensión y colaboración. Recordemos que
son potencias mundiales dialogando con países pobres, sin salida y desesperados
por una solución. Está claro que el mundo es un tablero de ajedrez, pero más
allá de los juegos de poder, Corea del Norte pide ayuda a gritos.
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