La Organización de las Naciones Unidas nació de la sangre, la muerte y el dolor vividos durante el transcurso de una de las guerras más sangrientas de la historia de la Humanidad; un conflicto marcado por racismos, profundos odios y vejámenes tan bajos como grandes las pérdidas y el terror que se apoderó del mundo. Sin embargo, nadie siquiera imaginó la real magnitud del desastre, hasta que el conflicto hubo finalizado completamente; la sorpresa fue mayor cuando, luego de apresados algunos jerarcas nazi, fue posibles investigar los datos, testimonios, acciones y archivos tendientes a determinar las culpabilidades definitivas con cargos de genocidio y magnicidios. La realidad era horrorosa; en este punto comenzó el verdadero dolor mundial.
Se determinó que, entre 1939 y 1945, las muertes en campos de batalla, campos de exterminio, bombardeos a ciudades y las bombas atómicas lanzadas por Estados Unidos sobre la población japonesas de Hiroshima y Nagasaki en 1945, sumaban entre 45 y 55 millones de personas; además, de los millones de desplazados. El cómo dejamos que esto ocurriera rondó en la cabeza de los protagonistas de la historia del siglo XX y ha generado controversias irreparables; nadie permitiría que vuelva a ocurrir. El problema era mayúsculo si recordamos que la Sociedad de las Naciones de 1919 ya tenía ese objetivo; bien sabemos que no funcionó.
Hagamos un poco de historia. Luego de finalizada la Primera Gran Guerra -entre 1914 y 1919- se determinó aplicar una serie de resguardos para evitar que una nueva ofensiva armada resurgiera en el civilizado mundo del siglo XX. Para ello, el presidente de Estados Unidos, el demócrata Woodrow Wilson, presentó un documento conciliador de 14 puntos, en el que llamaba a establecer una paz justa y duradera basada en un nuevo orden internacional y planes de reconstrucción en manos de una “unión general de las naciones, de suerte que se estableciera una seguridad mutua para la independencia política y la intangibilidad territorial de las naciones grandes y pequeñas. (…) Reparar la injusticia y a reestablecer el Derecho. (…) Nada puede separarnos, ni nuestros intereses, ni los fines que perseguimos. Nos mantendremos unidos hasta el final.”[1]
Se determinó que, entre 1939 y 1945, las muertes en campos de batalla, campos de exterminio, bombardeos a ciudades y las bombas atómicas lanzadas por Estados Unidos sobre la población japonesas de Hiroshima y Nagasaki en 1945, sumaban entre 45 y 55 millones de personas; además, de los millones de desplazados. El cómo dejamos que esto ocurriera rondó en la cabeza de los protagonistas de la historia del siglo XX y ha generado controversias irreparables; nadie permitiría que vuelva a ocurrir. El problema era mayúsculo si recordamos que la Sociedad de las Naciones de 1919 ya tenía ese objetivo; bien sabemos que no funcionó.
Hagamos un poco de historia. Luego de finalizada la Primera Gran Guerra -entre 1914 y 1919- se determinó aplicar una serie de resguardos para evitar que una nueva ofensiva armada resurgiera en el civilizado mundo del siglo XX. Para ello, el presidente de Estados Unidos, el demócrata Woodrow Wilson, presentó un documento conciliador de 14 puntos, en el que llamaba a establecer una paz justa y duradera basada en un nuevo orden internacional y planes de reconstrucción en manos de una “unión general de las naciones, de suerte que se estableciera una seguridad mutua para la independencia política y la intangibilidad territorial de las naciones grandes y pequeñas. (…) Reparar la injusticia y a reestablecer el Derecho. (…) Nada puede separarnos, ni nuestros intereses, ni los fines que perseguimos. Nos mantendremos unidos hasta el final.”[1]
De este modo y como consecuencia de una serie de conversaciones entre Wilson y el comité de delegados de los países vencedores, logran redactar el proyecto fundacional de la Sociedad de Naciones; su misión era clara: mediante el dialogo y la diplomacia era necesario generar consensos que eviten recurrir a la guerra, generando confianzas colectivas y un ambiente seguro para que los todos los países planteen sus inquietudes con equidad, sin importar su peso económico, militar ni territorial. Se planteó, además, que “los miembros de la Sociedad se comprometen a respetar y mantener contra toda agresión exterior la integridad territorial y la independencia política de todos los miembros. En caso de agresión, de amenaza o peligro de agresión, el Consejo determinará los medios para asegurar el cumplimiento de esta obligación”[2]; sin embargo, jamás tuvo la fuerza suficiente para llevar a cabo este acometido debido a tres razones sumamente decisivas.
En primer lugar, para llevar a cabo una tarea de paz en Europa, era perentorio el desarme general, y esto no ocurre a menos que se cuente con una fuerza opositora contra quienes busquen vulnerar el reglamento; pero la propuesta francesa para crear un ejercito de la Sociedad de Naciones fue rechazada, dejando sólo como arma de combate, la fuerza disuasiva; por tanto, las sanciones sólo se aplicaba acorde al reglamento que determinaba sanciones como romper inmediatamente toda relación comercial o financiera con el infractor de tal o cual disposición adoptada por unanimidad en el seno de la Sociedad de Naciones con sede en la neutral Suiza.
En segundo término, la sentencia de muerte; mientras el Congreso de Estados Unidos rechazaba integrar la Sociedad de Naciones, el ideólogo de la iniciativa supranacional, Woodrow Wilson, caía enfermo y perdía las elecciones presidenciales, iniciándose así un período de 12 años de gobiernos republicanos. Entre 1920 y 1932, los presidentes Harding, Coolidge y Hoover, demostraron fuertemente su tendencia imponiendo el conservadurismo, el aislamiento exterior, la ley seca, el ingreso restringido de inmigrantes y la prosperidad hacia adentro, evitando entrometerse en asuntos internacionales, lo que terminó por invalidar y dar inoperancia absoluta al organismo. No tenía el apoyo de la Gran Potencia Norteamericana.
Por último, la caída de la bolsa de Nueva York en 1929 inició un período de depresión económica tremendamente desestabilizadora y completamente caótica que afectó desde las economías más fuertes a las menos desarrolladas. El golpe fue durísimo y las consecuencias catastróficas. Este hecho particular terminó por romper el nuevo orden internacional impuesto por el Tratado de Versailles –fracasó totalmente al ser incapaces de detener las invasiones de Hitler en 1939- sentenciando al mundo.
"El papel decisivo de Estados Unidos en la historia mundial y económica del siglo XX, queda absolutamente demostrado tras el desastre de la Bolsa y la influencia en los mercados de dependían completamente del modelo norteamericano, como fue el caso de una de las economías más golpeadas del mundo: el caso chileno"
Tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos fortalece su influencia, alzándose como el gran triunfador, dejando atrás a los grandes imperios orientales de China y Japón; sin embargo, el nuevo escenario mundial es complejo. Un mundo destruido y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas disputando la influencia en el mundo.
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