La economía estadounidense buscaba, sin lugar a dudas, una forma segura y comprometida para empujar su alicaída realidad monetaria, en base a su nueva posición de poder como ganador absoluto de la Gran Guerra finalizada en 1945; por tanto, no sólo vio oportunidades, sino que las aprovechó, al ver una Europa desesperada y destruida hasta más no poder. Era su oportunidad para ordenar el mundo a su antojo; el dinero así lo permite.
"EE.UU no sólo vio oportunidades, sino que las aprovechó"
Los poderosas Inglaterra, Francia y Alemania – dantescas potencias de siglos precedentes- eran hoy sólo escombros, muerte, enfermedad y población errante; con destino incierto, pero sobretodo, pobres y destruidas, ya que, a diferencia del victorioso país del nuevo mundo, Europa debió encarar una cruenta guerra en su mismo suelo, con población y recursos propios.
Hacia 1945, el Viejo Continente, la Cuna de la Civilización de Occidente y los hogares de Platón, Aristóteles, Julio César y Napoleón, no eran más que polvo de estrellas entre la desolación y el horror de los campos de exterminio nazi. Además, debían ocuparse de enjuiciar a quienes eran responsables de una de las masacres más sangrientas, rápidas y vastas de la historia contemporánea mundial.
Estados Unidos supuso -correctamente, por cierto- que ningún país europeo podría hacerse cargo de este mundo abandonado; las antiguas naciones comenzarían una fase de ensimismamiento, a fin de reordenar sus siniestrados países, por tanto, no retomarían su participación internacional hasta haber conformado y bien cimentado sus relaciones en el territorio. ¿Quién mejor que él para dictar las nuevas reglas del mundo? El siglo XX inaugura una nueva hegemonía, diferente a la europea de los siglos anteriores; los norteamericanos se disputarán con los rusos la corona durante cerca de medio siglo, en una época denominada la Guerra Fría.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario